“El
Camino peregrino se plantea como una búsqueda liberada de prejuicios, tanto
racionales como sentimentales, en el que la mente y el espíritu se vacían de
ideas preconcebidas o genéticamente implantadas; donde el ánimo logra abrirse a
la sorpresa y se vuelve capaz de admitirla tal cual surge, sin intentar
explicarla ni comprenderla con arreglo a módulos que han venido marcando
nuestro comportamiento secular, incluso ante rutas que, desde hace decenas de
siglos, han venido siendo holladas por millares de caminantes que tendrían que
haber desvelado todos sus significados y que, efectivamente lo lograron,
guardaron piadosamente para sí sus experiencias más íntimas.” (Juan G. Atienza,
“Los peregrinos del Camino de Santiago”)
Con esa idea vamos en una búsqueda liberada de prejuicios que nos haga abrirnos a lo que sobrevenga y adaptarnos a ello sin intentar explicarlo ni comprenderlo, únicamente aceptándolo tal cual y que entre a formar parte de nuestra experiencia más íntima, esa que hace posible nuestro crecimiento interior y más espiritual.